Están por todas partes: en el trabajo, entre los que se dicen amigos, entre conocidos e incluso en las familias. Hablan, ponen caras, castigan con la mirada.
Algunos incluso dejan de saludarte.
¡Hay que ser gilipollas!
Yo los llamo los opinadores de la sociedad.
En Descubre #tuCIENxCIEN, en nuestras conferencias y talleres, también los trabajamos. Porque son un coste brutal en las empresas y en nuestras vidas. Y porque requieren entrenamiento diario.
Hay personas a las que este tipo de críticas les afecta profundamente,
hasta el punto de comprometer su salud. Siendo adultos, se supone que hemos aprendido a gestionarlo. Pero… ¿y si eres un niño? ¿O un adolescente? Ahí la situación es mucho más delicada. El daño puede ser irreparable.
Muchos opinadores aprendieron a serlo en casa. Y lo realmente grave es que hoy son ejemplo para sus hijos.
Repiten patrones. Educan desde el juicio, aunque luego digan eso de “no se puede hablar mal de nadie”.
Esos son los más peligrosos.