reflexiones con actitud
El arte de hacer que las cosas pasen
Hace unos días viví una tarde muy especial y todavía no me he recuperado. Todavía se me escapa alguna lágrima cuando lo recuerdo.
En una residencia de personas mayores a la que voy todos los días, habían organizado su 1ª carrera. Cuando la vi anunciada, pensé que sería para los familiares. Pero no, mi sorpresa fue que era para los residentes. Nos había citado Azucena, la organizadora y fisioterapeuta del centro, a las 17:30 horas.
Ganas: ese superpoder que lo cambia todo
Cuando llegué, me llevé la primera sorpresa: había colocado a todos (unas 31 personas mayores) en el centro del patio de la residencia. Un verdadero quebradero de cabeza. Cualquiera de nosotros le habría dicho antes de empezar: “Déjalo, Azucena, ahí no caben. Estás loca, ¿cómo los vas a encajar?”. Pues lo hizo. Algunos sentados en sillones o en el sofá, otros en sus sillas de ruedas. Había una salida y una meta alrededor de ellos, oportunamente señalizadas, y allí estaban todos, expectantes y nerviosos, cada uno con su correspondiente dorsal, como si de cualquier otra competición se tratase.
Lo había organizado por diferentes categorías: los que podían andar con ayuda, los que necesitaban bastón, los que usaban andador o los que iban en silla de ruedas. Hombres y mujeres. Había poco público, solo una decena de familiares que estaban tan incrédulos como to. Nadie daba un duro porque aquello saliera bien, pero ella lo tenía muy claro.
entrega invisible, humanidad y actitud silenciosa
La idea había sido de uno de los residentes, Ismael. Todos sabíamos que era ella quien lo había hecho posible, pero tuvo la grandeza de dejar el protagonismo a los demás. Hay cosas que no se dicen, pero se notan. Tampoco lo explico, pero nos dimos cuenta de que detrás de esta actividad había mucho entrenamiento individual y muchas horas de fisioterapia con cada uno desde que Azucena llegó a la residencia.
En un momento de la vida en el que todos se encuentran ya en su final, que alguien los roce, les diga algo amable, los escuche, los anime a conseguirlo, les diga que pueden o les sirva de bastón es simplemente ¡brutal! … Y así fuimos testigos de cómo se abrazaban a ella al llegar a la meta, de su alegría cuando lo conseguían, pero, sobre todo, del cariño y de la humanidad con la que estaba todo organizado.
Algo que no va en el sueldo, que no depende del estado de ánimo con el que nos levantamos y que es, sin duda, fruto de un entrenamiento diario por hacer la vida de los demás un poco más agradable.
Uno por uno. Todos a la meta
Empezó la competición, y fue uno por uno, sin dejarse a nadie atrás. A cada uno le dio su momento especial, los hizo sentir importantes. Desde el público animábamos y aplaudíamos.
¡Teníais que ver sus sonrisas! Sentían los ánimos de todos: del público, de sus familiares, de sus propios compañeros de residencia… Hubo muchas lágrimas de emoción.
Aunque algunos dudaban de poder conseguirlo, el entrenamiento duro —y el hecho de que ella les diera la seguridad de que podían lograrlo— hizo que todos cruzasen la meta. Lo hacían con seguridad y saludaban satisfechos, orgullosos de lo que acababan de hacer. No había olvidado las medallas, una para cada uno, además de un obsequio: uno para ellos, otro para ellas. Había un ambiente de alegría general; todos se alegraban por los demás.
Usar nuestra varita mágica siempre marca la diferencia
Escuché hace mucho que las personas olvidan lo que les dijimos o hicimos, pero nunca cómo las hicimos sentir. Yo lo llamo “la varita mágica” y cuento que todos tenemos una, pero que rara vez la utilizamos.
Es su última etapa, saben que les queda poco, y no me puedo ni imaginar su sentimiento de fragilidad o lo que pasará por sus cabezas, pero estoy convencido, Azucena, de que lo que vivimos allí —lo que vivió cada uno de ellos— se lo van a llevar en el corazón como uno de los recuerdos más bonitos de su vida.
Muchas gracias de corazón por lo que hiciste y por cómo nos hiciste sentir.
Gracias por usar tu varita mágica.